9/06/2006

Siempre supimos que Steve Irwin iba a morir en televisión. Ella, la tele, tácitamente exige sacrificios y no hay plazo que no se cumpla. La televisión nos ha escogido el presidente. Se ha vanagloriado con el resultado del tribunal, se ha tomado el conflicto muy personal y, por lo tanto, asume la victoria con humildad, como la verdad, como que ella, la tele, será la verdadera soberana. Ella nos ha dado el último informe de gobierno: síntoma, ese, el último informe de Fox, de una forma que caduca y avanza hacia el dilema: un nuevo producto en el mercado o un sistema parlamentario. No hay plazo que no se cumpla, decía, hoy dan los resultados de la beca esa. Escribo esto sin conocer el resultado y la zozobra me contempla solazada. Hoy también es la presentación de la antología en Bellas Artes; es la primera vez que estaría del otro lado de la mesa, aunque esa mesa se parece a la silla de Felipe Calderón, en fin, contengo mi afán de protagonismo y mi hambre de tirar palabras al viento, y veré la presentación desde el público, como espectador, como transeúnte triste o contento, dependiendo de la decisión del tribunal, digo, de la fundación para las letras mexicanas. No es que el tribunal nos lo imponga, si se piensa, nada puede imponérsele al pueblo, aunque, preveo, podemos resignarnos a ver a Felipillo con desdén, sin hacerle caso y esperar otros seis años. Yo también espero a conocer los reslutados de la beca; espero también las 19 horas para contemplar a mis compañeros realizarse; y espero que Uli no se suba a ese avión que la lleve a Alemania, aunque la decisión la ha tomado; ni modo, otra amiga a distancia. Las ideas cambian en mi mente sin un hilo que pueda ver, sin coherencia. Quizá el hilo es la incertidumbre, y cuando uno está inundado de ella, de incertidumbre, se pierde el foco y se habla por hablar, conducido por los nervios. Esperemos entonces, mientras, entro a una junta de trabajo que, como cereza, estoy dispuesto a comérmela.